Prioridades en la gestión

Pensaba escribir un comentario en el post de Estefanía Serrano @estefansenlaredAhorrar en sanidad“, pero lo que me gustaría añadir es tan extenso que he preferido comentarlo a través de otro post (éste de aquí).

La gestión del cambio (y de eso se trata cuando se pretende modificar procedimientos de trabajo, sea con la finalidad que sea) es algo mucho más complejo que la simple percepción de alguien que “pasaba por allí”. Existen “evidencias” que no aguantan un mínimo análisis.

Ejercer una visión crítica desde fuera, (lo que vulgarmente se llama “ver los toros desde la barrera”) tiene de positivo que quien lo hace por primera vez es capaz de detectar procedimientos, rutinas, detalles que pasan desapercibidos para quienes los están practicando diariamente, que son lo suficientemente trascendentes como para tenerlos en cuenta si pretendemos racionalizar esfuerzos o gastos (o ambos). Pero tiene de negativo, que se realizan juicios de valor con poco fundamento, basándose en percepciones y aplicando referencias irreferenciables.

En el caso de la amiga de Estefanía, lo más eficaz hubiera sido contar con la visión de todos los afectados; y aquí habría que incluir no sólo a los trabajadores sanitarios que participan en ese proceso, sino a la de los propios pacientes (quien mejor que ellos para ofrecer el contrapunto a la de los sanitarios) y a la de los familiares de éstos, que también “sufren” las consecuencias de cualquier cambio.

El problema es que esta misma percepción la tienen nuevos directivos, recién aterrizados en las instituciones, con sustanciales espacios de decisión, que llegan, prejuzgan, ven las “evidencias”…. y se lanzan a tumba abierta a realizar cambios en aras de lógica de la racionalización de recursos públicos. Al final consiguen enfadar a trabajadores y usuarios, generar un disconfort evidente, pero eso si, ahorrar algún que otro euro. Por suerte, la amiga de Estefanía es informática (y no directivo) y llegó a la conclusión final (a la que no todos los directivos acaban llegando, o lo hacen demasiado tarde) de que no todo lo que en principio parece evidente acaba siéndolo.

¿Compensa el ahorro conseguido con el disconfort generado? En un servicio público ¿hay que medir la eficiencia exclusivamente en euros?

Es cuestión de prioridades y me temo que las de los gestores de mi actual sanidad pública no coinciden con las mías.

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